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El engendro (de Arancha Naranjo)

Mi madre me transmitía el parpadeo de las luces cuando las bombas caían cerca. A través de ella me llegaba la tenue vibración del instrumental quirúrgico. Debíamos de estar en una sala pequeña en medio de una guerra. Me transmitía su miedo por los flujos sanguíneos. Entonces sentí un golpe atroz de pánico que me asaltaba intermitentemente y no quise salir del líquido amniótico que llevaba albergándome meses y me cuidaba de los peligros externos. Fuera me esperaban el ruido, las luces y la desolación. Preferí dormir en mi letargo. Le rogué a mi madre que me guardara un tiempo más y me comprendió.  Ella me albergó en su vientre para evitarme el hambre, las fatigas y los bombardeos.

Esperé a que el peligro hubiera pasado. Me cobijó durante dos años. Al fin me decidí a dejar mi confort y salir. Cuando nací era un enano, pero mi madre me amparó en su pecho y me amamantó.  Mi cabeza cuya forma desafiaba todos los principios biológicos conocidos era monstruosa, hidrocefálica la llaman. Mis brazos y piernas se habían quedado en lo que denominan raquitismo por déficit de vitamina. Podía decirse que solo era una cabeza enorme con unos miembros excesivamente pequeños. El bebé que nadie desea, pero mi madre me arrullaba en sus brazos y tiernamente me cuidaba.

Fui el objeto de discusión de mis padres y la causa de su separación. No me siento culpable.

No fui al colegio. No tuve fiestas de cumpleaños con otros niños.

Podía ser deforme y haber desarrollado una inteligencia de genio, pero no era el caso. Mi inteligencia era limitada.

Solo me entendía mi madre, que jugaba conmigo y me hacía caricias. Yo notaba su arrepentimiento en haberme dejado salir. No veía ninguna ventaja y a veces me susurraba “Oscarcito, ¿no quieres volver a mi vientre?

Los únicos que se interesaban por mí eran los médicos que me utilizaron como cobaya de experimentos y para tesis doctorales. Hubo alguno que intentó meterme en un frasco con formol. Viajé mucho de congreso en congreso. Me subían a un estrado y actuaba como una atracción. Miraba a la gente fijamente y babeaba. Y así me he quedado.

Mi madre y yo trabajamos en un circo como la madonna y el engendro. Comparto jaula con el hombre elefante y la mujer barbuda.

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